Las bisagras de su puerta nunca habían sido aceitadas, el ruido que hacían cada vez que la cerraba era muy parecido al de una puerta de un viejo caserón. Cansado de trabajar, Gabryel llega a su casa, apoya la mochila sobre su futón, que con enorme esfuerzo había comprado y con gran satisfacción estaba disfrutando.
Como pocos trabajos, el suyo le exige un nivel de concentración y esfuerzo que desde el día que comenzó, dejó de ser él mismo. La familia trataba de reunirse, los amigos intentaban ser el grupo que antes eran pero sin Gabryel nada era lo mismo.
Apoyando una mano en la fría mesada de mármol que decora su cocina, tratando de sostenerse del cansancio que lo agobia, abre su antigua heladera color turquesa que a duras penas podía congelar. Sin mucho para elegir, recoge algunas sobras de su fría y dura pizza que almorzó el día anterior para tirarse en su futón y poder disfrutar de su mejor amigo, el televisor.
El sol daba las cuatro de la tarde y su persiana americana poco podía hacer para tapar los rayos que penetraban en esa oscura cueva; pero él sabía que el
black out -que casualmente había comprado la semana pasada- derrotaría la luz que lo acosa. Una combinación que nada tenía que ver con el buen gusto, es víctima de la parsimonia que dirige su vida. Hace ya más de dos semanas había prometido sacar la persiana.
Sin previo aviso, un hábil dolor golpea su sien. Cae de rodillas y sus manos rodean su cabeza tratando de calmarlo; es constante y agudo, nunca había sentido algo así. En pocos segundos su vida decidió jugarle una mala pasada.
- “¿Será este el resultado de haber abandonado todo para recluirme en mi mundo de oscuridad y solitud?" se preguntaba, martirizando su situación, "¿Será este el fin?" se repetía constantemente.
Blanco, el cielorraso se proyecta sobre sus ojos. Siente entrar por debajo de la puerta una luz muy clara y una brisa que nunca antes había sentido. Asustado, con una incertidumbre como jamás había tenido, su cabeza se preguntaba constantemente si debía abrir la puerta y arriesgarse o esconderse, como un cobarde, en el rincón de su sala esperando el destino de ese momento.
Valiente, pero lleno de preguntas se dirige hacia la puerta. Sabe que cada paso es un metro más hacia algo inesperado. Se para frente a la puerta en posición de duelo, imitando el estilo de tantas películas del
Far West que había visto. Se mira las manos y con su hábil diestra agarra el picaporte. Frio como hielo, es la llave hacia el otro lado.
La puerta se abre y las bisagras hacen su trabajo. El viento se intensifica y el horizonte se hace más profundo. Un vacío total rodeaba la puerta de su departamento. Hacia adelante nada había y hacia abajo nada se veía; solo una pequeña luz para darse cuenta de que lo que estaba pasando no estaba bien.
Calmo, como pocas veces había estado, decide sentarse en el piso del marco -que hace de borde entre la puerta y la nada- esperando que algo pase, esperando que esa pesadilla se acabe, rezando para que esa no sea su realidad!
Su departamento estaba suspendido en el aire. Como si una poderosa fuerza de gravedad actuara sobre él. Se asomaba constantemente para ver si podía ver algo más que ese vacío.
- “Algo debo hacer, esto no puede ser así” -piensa tratando de buscar una solución.
Cuando se para, la enorme profundidad que mostraba ese vacío lo marea. Asustado se mete para adentro, se tropieza y golpea su cuerpo contra la pared dejando caer un adorno de la mesita que decoraba la entrada de su departamento. Se arrodilla y llora. Llora y llora.
Sentado en un rincón con su cara marcada porque un mar de lágrimas había llorado, mira ese reloj que su madre le había regalado. Ella siempre lo retaba; era una persona por demás impuntual.
Las horas pasan y las manecillas del reloj no se cansan de hacer su trabajo. Harto de ver el tiempo pasar, y rendido porque nada se le ocurre, decide hacer justicia con el adorno caído. Certero el golpe se encarga de romper el reloj y dejarlo caer al suelo.
Débil, se para y empieza a caminar de un lado a otro. Decide que no se va a rendir y que alguna solución debía haber.
- “¡¿No será un sueño esto?!” -se pregunta ingenuamente “¡Claro!, ¡¿Cómo no se me ocurrió antes?!”.
Pensando que todo era tan fácil, decide pellizcarse y golpearse la cara. Estaba seguro que si lo había visto en tantas películas, entonces debería funcionar. Todos los intentos fueron fallidos.
Desesperado va hacia su ventana, corre el
black out y con violencia abre la persiana americana hasta su tope. El panorama era el mismo, un vacio eterno.
Mientras observa desconcertado el espacio que lo rodea, algo lo distrae. Un sonido muy distante.
- “¿¡Qué es eso!? -pregunta extrañado
Empieza a recorrer el departamento buscando como perro de caza. La desesperación lo acosa. El nerviosismo lo invade. Su situación no podía ser peor, pensaba una y otra vez. Una y otra vez rogaba que esa pesadilla terminase
- “¿¡Quién anda ahí!?” -grita desesperado
Comienza a dar vueltas por el departamento. Su objetivo era encontrar ese murmullo. Sin esperarlo, un zumbido tan agudo y fuerte como jamás había escuchado comienza a quebrarlo.
- “¡Basta! ¡Basta!” –grita con dolor
Sus palmas cubrían sus oídos con presión para tratar de aislarlos de esa tortura. Sin saber qué hacer para escapar al momento, el zumbido lo quiebra y cae vencido de rodillas. Una vez más el cielorraso blanco se proyecta ante sus ojos.
Recuperado, se para, levanta el reloj del piso y nota que horas habían pasado. Mucho más calmo, estaba seguro de que esa pesadilla se había acabado y que sólo había perdido el conocimiento. Decidido, se dirige hacia la puerta y la abre con plena confianza de que esta vez el palier se mostraría delante de él. Sin embargo, un viento lo golpea y el vacío vuelve a sorprenderlo.
Vencido por la situación, se sienta en el borde de la puerta una vez más. Ya nada podía hacer para salir de allí, ya nada podía hacer para despertar de esa pesadilla. Sin mucho más decide rendirse ante la situación cuando repentinamente una voz bien clara se escucha.
- “¡Gabryel, por favor, no! ¿¡Por qué Gabryel?!”
- “¡Mama! ¡¿Dónde estás?! ¡¿Qué me pasa!?”
- “¿¡Hijo por qué a vos!?” -llorando como nunca
- “¡Mama! ¡Acá estoy! ¡¿Me escuchas?!
- “¡Por favor doctor, haga algo!”
-“Señora no hay nada que se pueda hacer; sólo esperar hasta que despierte del coma.